Cumplir 60 años ya no significa lo mismo que hace unas décadas. Hoy la esperanza de vida ha aumentado y muchas personas llegan a esta etapa con buena salud, continúan trabajando, emprenden nuevos proyectos, viajan, hacen ejercicio, estudian o disfrutan activamente de su vida familiar y social. De hecho, desde la gerontología se considera que entre los 60 y los 74 años nos encontramos en la etapa del adulto mayor joven, una etapa caracterizada, en la mayoría de los casos, por la autonomía, la participación y la posibilidad de seguir construyendo nuevos proyectos de vida.
Sin embargo, vivir más años también implica enfrentar cambios importantes. El cuerpo comienza a transformarse, algunos roles cambian, los hijos forman sus propias familias, llega la jubilación para muchas personas, aparecen los nietos, se experimentan pérdidas y el paso del tiempo adquiere un significado diferente. Todas estas experiencias forman parte del ciclo vital y requieren un proceso de adaptación.
Hablar de salud mental después de los 60 no significa asumir que esta etapa está inevitablemente acompañada de enfermedad o sufrimiento. Por el contrario, significa reconocer que el bienestar emocional sigue siendo tan importante como la salud física y que, cuando aparecen dificultades, existen formas eficaces de comprenderlas y tratarlas.
Adaptarse también implica un trabajo emocional
A lo largo de toda la vida enfrentamos cambios que nos obligan a reorganizar nuestra manera de vivir y de entendernos a nosotros mismos. La diferencia es que, después de los 60, muchas de estas transformaciones ocurren de manera simultánea.
La jubilación puede representar un descanso para algunas personas y, para otras, la pérdida de un espacio donde encontraban reconocimiento, relaciones y sentido de utilidad. Los hijos dejan de necesitar a sus padres como antes y comienzan a construir sus propios proyectos. Algunas amistades se distancian o fallecen, aparecen enfermedades propias o de la pareja y el cuerpo empieza a recordar, con mayor frecuencia, que el tiempo transcurre.
Estas situaciones no son, en sí mismas, patológicas. Son desafíos propios de una nueva etapa del desarrollo. Sin embargo, exigen un importante trabajo psicológico para elaborar las pérdidas, adaptarse a nuevas circunstancias y descubrir otras formas de disfrutar la vida.
Desde el psicoanálisis entendemos que crecer no termina en la juventud. El desarrollo emocional continúa durante toda la existencia. Cada etapa nos enfrenta a preguntas distintas sobre quiénes somos, qué lugar ocupamos en la vida de los otros y qué sentido queremos darle al tiempo que aún tenemos por delante.
No toda tristeza es depresión
Es normal sentirse triste después de una pérdida o atravesar momentos de desánimo ante cambios importantes. La tristeza es una emoción necesaria que forma parte de la vida y, muchas veces, permite elaborar aquello que hemos perdido.
La depresión es diferente. Con frecuencia comienza de forma silenciosa. La persona deja de interesarse por actividades que antes disfrutaba, pierde la motivación, se aísla, duerme demasiado o muy poco, disminuye el apetito, se siente constantemente cansada o experimenta la sensación de que nada tiene sentido.
Una de las frases que con mayor frecuencia escuchamos en consulta es: "Ya no me emociona nada."
Muchas veces esa expresión se interpreta como una consecuencia natural de la edad. Sin embargo, perder la capacidad de disfrutar no es una característica normal del envejecimiento.
Freud, en su texto "Duelo y melancolía", describió cómo algunas pérdidas pueden afectar profundamente la manera en que una persona se percibe a sí misma. En ocasiones, no solo se pierde a alguien o algo importante; también puede perderse la sensación de valor personal, de utilidad o de pertenencia. Esa experiencia ayuda a comprender por qué algunas personas mayores llegan a pensar que ya no hacen falta, que representan una carga para su familia o que su vida ha perdido sentido.
La depresión no forma parte del envejecimiento. Es un trastorno que puede aparecer a cualquier edad y que tiene tratamiento.
La ansiedad también cambia de rostro. Cuando pensamos en ansiedad solemos imaginar ataques de pánico o crisis intensas. Sin embargo, en las personas mayores suele manifestarse de formas diferentes.
Aparecen preocupaciones constantes por la salud, miedo a caerse, temor a depender de los demás, dificultad para dormir, necesidad de revisar repetidamente que todo está en orden o una inquietud permanente que parece no desaparecer.
Es cierto que después de los 60 existen preocupaciones objetivas relacionadas con la salud y el futuro. El problema aparece cuando esos temores comienzan a limitar la vida cotidiana. Algunas personas dejan de conducir por miedo, luego dejan de salir solas, después rechazan invitaciones familiares y poco a poco reducen sus actividades hasta permanecer la mayor parte del tiempo en casa.
La ansiedad va estrechando el mundo. Lo que comenzó como una medida de precaución termina convirtiéndose en aislamiento, dependencia y pérdida de calidad de vida.
Todos necesitamos sentir que seguimos teniendo un lugar.
Existe una idea profundamente humana que el psicoanálisis ha señalado desde sus orígenes: el ser humano necesita sentirse reconocido por los otros.
Con los años no desaparece el deseo de ser querido, escuchado o tomado en cuenta. Tampoco desaparece la necesidad de sentirse útil.
Muchas personas mayores viven acompañadas y, sin embargo, experimentan una profunda soledad. La familia está presente, pero las conversaciones ya no pasan por ellas. Se les protege, se les cuida, se decide por ellas, pero pocas veces se les pregunta qué desean, qué piensan o qué proyectos aún conservan.
Uno de los mayores riesgos para la salud mental no es cumplir años. Es dejar de sentirse parte de la vida de los demás.
Sentir que todavía podemos aportar, aprender, enseñar, amar y ser escuchados constituye uno de los factores protectores más importantes para el bienestar emocional.
Nunca es tarde para pedir ayuda
Todavía persiste la creencia de que, después de cierta edad, ya no vale la pena iniciar un tratamiento psicoterapéutico. Nada más lejos de la realidad.
Considero que la psicoterapia ofrece un espacio para elaborar pérdidas, resignificar la propia historia, enfrentar los cambios propios de esta etapa y construir nuevos proyectos de vida. Cuando es necesario, puede complementarse con tratamiento psiquiátrico y médico, siempre bajo una valoración profesional integral.
Hoy en día también sabemos que el ejercicio físico, la actividad intelectual, las relaciones sociales, la participación en actividades significativas y el mantenimiento de hábitos saludables contribuyen de manera importante a proteger la salud mental.
Pedir ayuda no significa debilidad. Significa reconocer que el sufrimiento merece ser escuchado y atendido. ¡Tómalo en serio!
Una nueva etapa para seguir creciendo
Envejecer no significa dejar de vivir. Mucho menos dejar de crecer.
Cada etapa de la vida presenta desafíos distintos, pero también oportunidades para descubrir nuevas formas de disfrutar, amar y encontrar sentido, es importante subrayar que no todo está perdido, incluso puede haber nuevos comienzos.
La salud mental después de los 60 consiste precisamente en conservar esa capacidad de adaptarse, de elaborar las pérdidas sin quedar atrapado en ellas y de mantener vivos los vínculos, la curiosidad y los proyectos.
La ansiedad y la depresión pueden aparecer durante esta etapa, pero no son una consecuencia inevitable del paso del tiempo. Reconocer sus síntomas, buscar ayuda y recibir un tratamiento oportuno permite recuperar el bienestar y seguir disfrutando de una vida plena.
Porque el deseo no envejece. Cambian las circunstancias, cambian los desafíos y cambian las prioridades, pero la posibilidad de seguir construyendo una vida con sentido permanece mientras exista alguien dispuesto a escuchar y un sujeto dispuesto a seguir viviendo.
Dra. Delia M. Hinojosa Amavizca
Psicoanalista y Psicoterapeuta



