Hay una idea que circula en silencio, casi sin cuestionarse: que el amor romántico es cosa de jóvenes. Que pasados los setenta años, el deseo de tener pareja, de sentir ternura compartida, de no dormir solo, es algo un poco ridículo, quizás vergonzoso, o en el mejor de los casos, tierno pero irrelevante. El psicoanálisis tiene algo importante que decir sobre por qué pensamos así, y sobre lo que en realidad pasa dentro de una persona mayor que se atreve a amar. O a seguir amando.
Desde los tiempos de Freud, el fundador del psicoanálisis, hemos profundizado en la idea que el el ser humano es, fundamentalmente, un ser de vínculos. Desde la concepción, nos vamos construyendo en relación con los otros. Esa necesidad de contacto, de reconocimiento, de ser deseado y desear, no tiene fecha de caducidad. Sin embargo, la cultura sí le pone fechas. Y lo que no encaja en esas fechas genera malestar colectivo, burla o, peor aún, invisibilidad. Ahora que la moda es ser joven, pareciera que los viejos no tenemos cabida. Y mucho menos si estamos a la búsqueda de una pareja.
Cuando una persona de 75 años dice que está enamorada, o que busca pareja, el entorno suele reaccionar con incomodidad. Los hijos se preocupan: muchas veces por los bienes materiales, el dinero, la casa, la herencia, aunque no van a admitirlo. La sociedad en general activa un prejuicio muy antiguo: la sexualidad y el amor de los viejos molestan porque nos recuerdan que el deseo no obedece al calendario, y eso desordena el guión que tenemos aprendido sobre cómo debe vivirse cada etapa.
Este comportamiento tiene que ver con un mecanismo de defensa llamado negación: apartar de la conciencia aquello que genera angustia. La vejez nos confronta con la finitud, con el propio envejecimiento que preferimos no ver. Cuando una persona mayor vive su erotismo o busca compañía amorosa, rompe la ilusión de que "eso ya pasó", y eso incomoda profundamente a quienes aún no han hecho las paces con su propia mortalidad.
Pero hay algo más. En la teoría psicoanalítica, el vínculo amoroso cumple funciones que van mucho más allá del placer físico. Ser amado confirma que uno existe, que vale, que ocupa un lugar en el mundo del otro. A los 70, 80 o más años, esa necesidad no desaparece; en muchos casos se vuelve más urgente, porque el mundo se va achicando: mueren los amigos, se alejan los hijos, el cuerpo impone límites nuevos. El amor, entonces, no es un capricho tardío sino una respuesta muy humana a la soledad y al duelo acumulado.
No siempre se considera simplemente que dos personas se encontraron y se eligieron. Los prejuicios se hacen presentes. Una persona mayor que interioriza estos mensajes puede terminar renunciando a algo que le haría genuinamente bien, no porque no lo desee, sino porque aprendió a sentir vergüenza de desearlo.
Reconocer el derecho al amor en la vejez no es una cuestión sentimental menor. Es, en términos psíquicos, reconocer que la vida no termina antes de que el cuerpo lo haga.
Datos de la especialista
Rocío Arocha Romero
Presidente de la Asociación Psicoanálitica Mexicana



