Vivimos más años que nunca en la historia de la humanidad, pero no necesariamente viimos mejor. Entre los grandes desafíos en salud pública del siglo XXI se encuentra uno que suele pasar inadvertido, incluso dentro de las familias: la depresión en la tercera edad. No siempre aparece como tristeza evidente. A veces llega disfrazada de cansancio, apatía, insomnio o falta de sentido a la vida.
En México, más de 38 de cada 100 adultos mayores viven con depresión, y la mayoría no lo sabe. No porque no sufran, sino porque esta enfermedad, en la vejez, habla un idioma diferente: el del cuerpo. Se manifiesta como cansancio inexplicable, pérdida del apetito, dolores que no ceden, o simplemente como ese abuelo que ya no quiere salir o ya no tiene ganas de nada. La “depresión enmascarada geriátrica” es una de las condiciones más prevalentes, más sufridas y, paradójicamente, más ignoradas de nuestra época.
La magnitud del problema. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que la depresión afecta a más de 300 millones de personas en el mundo y representa la principal causa global de discapacidad. En los adultos mayores, la cifra es especialmente alarmante: entre el 15 y el 20% de quienes viven en comunidad la padecen, y esta proporción escala hasta el 25-40% entre quienes están hospitalizados. En México, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2022 (ENSANUT) reveló que el 38.3% de los adultos mayores presenta sintomatología depresiva, frente al 11.3% del resto de los adultos. Las mujeres, los adultos mayores con bajo índice de bienestar y los que residen en zonas rurales son los más vulnerables.
Cuando la tristeza se disfraza de enfermedad. La depresión en el anciano rara vez se presenta como lo imaginamos. No hay lágrimas necesariamente, ni alguien que diga `estoy triste`. En su lugar, aparece lo que los especialistas llaman depresión enmascarada o somatizada: una forma silenciosa donde los síntomas emocionales quedan en segundo plano, eclipsados por manifestaciones físicas. El abuelo que dejó de comer, que `siempre tiene algo` —dolores de cabeza, molestias gástricas, mareos, palpitaciones o fatiga crónica—, que duerme mal, que ya no atiende su higiene o que se volvió irritable sin razón aparente, puede estar viviendo una depresión que nadie ha identificado. La apatía, ese retiro silencioso del mundo y de las actividades que antes disfrutaba, es quizás la señal más frecuente y la más malinterpretada: se atribuye al envejecimiento normal cuando en realidad es una alarma médica.
¿Qué la provoca? La depresión geriátrica no tiene una sola causa; es el resultado de la confluencia de factores biológicos, psicológicos y sociales. La pérdida del cónyuge, de amigos, de roles laborales o de independencia funcional desencadena duelos profundos que el entorno suele minimizar. El dolor crónico, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, el hipotiroidismo y el Parkinson tienen relaciones bidireccionales con la depresión: se alimentan mutuamente. La soledad es quizá uno de los más importantes. La pérdida de la pareja, el aislamiento spcial, la jubilación vivida como pérdida de identidad, las limitaciones físicas, el empobrecimiento económico, las enfermedades crónicas y el sentimiento de inutilidad aumentan considerablemente la vulnerabilidad emocional. Imfluyen también antecedentes previos de depresión, duelos no elaborados y situaciones de abandono o maltrato familiar.
El aislamiento social —agravado en México por estructuras familiares que se fragmentan cada vez más— actúa como detonador poderoso. También lo hacen el uso de ciertos medicamentos (betabloqueadores, corticosteroides, benzodiacepinas), la polifarmacia sin supervisión adecuada y las alteraciones del sueño propias de la edad. No menor es el impacto del deterioro sensorial: perder la vista o el oído profundiza el aislamiento y la pérdida de autonomía.
Desde una mirada clínica y humana, uno de los grandes peligros es normalizar el sufrimiento psíquico del envejecimiento. Envejecer no equivale a deprimirse. La tristeza persistente, el aislamiento progresivo, la apatía marcada o la pérdida del deseo de vivir nunca deben considerarse “normales por la edad”.
El diagnóstico diferencial: el reto clínico más delicado. El mayor error que se comete con la depresión geriátrica es confundirla con otras condiciones —o ignorarla atribuyéndola a la edad. El diagnóstico diferencial más crítico es con la demencia: ambas pueden presentar pérdida de memoria, lentitud, apatía y desorientación. Sin embargo, en la pseudodemencia depresiva el deterioro cognitivo es reversible al tratar la depresión, el paciente tiene conciencia de sus fallas y generalmente puede decir cuándo comenzaron los problemas. En la demencia, el inicio es insidioso y el paciente minimiza o niega sus déficits. El hipotiroidismo, la anemia, los déficits de vitamina B12, las infecciones urinarias crónicas y los eventos vasculares cerebrales menores también pueden simular o coexistir con depresión, por lo que un estudio básico de laboratorio es indispensable. La Escala de Depresión Geriátrica de Yesavage (GDS), validada con sensibilidad del 97% y especificidad del 85% para la detección en ancianos, es el instrumento de elección en primer nivel de atención.
¿Qué hacer? La buena noticia es que la depresión en la vejez sí tiene tratamiento. La combinación de atención médica, psicoaterapia, acompañamiento familiar, actividad física, redes sociales activas y, cuando es necesario, tratamiento farmacológico, puede transformar radicalmente la calidad de vida.
El abordaje de la depresión en el adulto mayor combina psicoterapia —especialmente psicoterapia adaptada a la vejez—, tratamiento farmacológico con antidepresivos de perfil seguro para la edad (como sertralina o escitalopram), y una red de apoyo social activa. Los inhibidores de la recaptura de serotonina son la primera línea, pero deben prescribirse con cuidado ante la polifarmacia frecuente en este grupo. El ejercicio físico regular, el mantenimiento de vínculos sociales, la participación en actividades significativas y la integración familiar tienen un peso terapéutico demostrado. Cuando tras seis meses de tratamiento no hay respuesta, cuando existen síntomas psicóticos o ideación suicida —el riesgo de suicidio en adultos mayores es mayor que en cualquier otro grupo de edad—, la referencia urgente al psiquiatra es mandatoria.
Escuchar, acompañar y no minimizar el sufrimiento emocional de los adultos mayores es hoy una responsabilidad ética y social. Porque detrás de muchos silencios de la vejez no hay solamente cansancio: hay dolor psíquico no nombrado. Y toda sociedad se define también por la manera en que escucha a quienes envejecen. Una sociedad que no cuida a sus mayores, es como una sociedad que destruye las bibliotecas, ellos son una parte inherente de la transmisión de la cultura y los vínculos.
La depresión en la tercera edad no es consecuencia inevitable del envejecimiento ni una debilidad de carácter. Es una enfermedad tratable. El primer paso es mirar a nuestros adultos mayores con ojos clínicos y humanos al mismo tiempo: preguntarles cómo se sienten de verdad, no solo cómo están físicamente. En un país donde casi 4 de cada 10 abuelos viven con esta carga en silencio, ese primer paso puede ser la diferencia entre el abandono y la recuperación.
Contacto de la especialista:
Dra. Dolores Montilla Bravo
Psicoterapeuta/Psicoanalista
Ex presidente / Asociación Psicoanalítica Mexicana
Fuentes: OMS, Hoja informativa: Salud mental de los adultos mayores (2024) · ENSANUT 2022, Salud Pública de México · Guía de Práctica Clínica IMSS/CENETEC: Diagnóstico y Tratamiento de la Depresión en el Adulto Mayor · Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento (ENASEM, INEGI). Vejez y Vitaldad psíquica (Dolores Montilla B. Cuadernos de Psicoanálisis, APM.



