Hay una escena que se repite en muchas consultas. Llega una persona mayor —setenta, ochenta años o más— y dice, casi con vergüenza: "No sé bien para qué vine. A mi edad, ¿qué se puede cambiar?" La pregunta lleva dentro una creencia muy arraigada: que la vejez es el final del camino, el momento en que ya no queda mucho por hacer ni por sentir ni por descubrir. Que el tiempo emocional, como el físico, simplemente... se acaba.
Yo no lo creo. Y en todos los años de mi trabajo clínico con adultos mayores me han confirmado lo contrario: la vejez es uno de los momentos más intensos, más complejos y, en muchos sentidos, más fértiles de la vida psíquica. No porque sea fácil. No porque no duela. Sino porque en ese tiempo se mueven cosas que llevan décadas esperando moverse.
Vivimos en una cultura que teme envejecer. Basta mirar los anuncios, las redes sociales, el lenguaje cotidiano: la vejez aparece como algo que hay que combatir, disimular, retrasar a toda costa. El cuerpo que envejece se convierte en un problema a resolver, no en una historia que se puede leer. Y así, millones de personas llegan a los setenta u ochenta años sin haber tenido ni un solo espacio donde pensar —de verdad, sin eufemismos— en lo que significa estar en ese tramo de la vida.
Lo que nadie nos enseña es que envejecer no es solo perder. Es también —y esto me parece lo más valioso— una oportunidad de transformar la relación con la propia historia. No se trata de recordar como quien repasa un álbum de fotos, sino de hacer algo activo con ese pasado: revisarlo, cuestionarlo, entenderlo de otra manera y, desde ahí, cambiar algo en uno mismo. Por qué se tomaron ciertas decisiones. Por qué se callaron ciertas cosas. Qué relaciones nos construyeron y cuáles nos lastimaron sin que pudiéramos verlo en su momento. Cuando ese proceso ocurre —y puede ocurrir a cualquier edad, pero la vejez lo hace especialmente posible— algo genuino se mueve por dentro. El pasado no desaparece, pero ya no pesa igual. No nos arrastra de la misma manera. Y eso, en la vida cotidiana, se nota: en cómo uno habla con sus hijos, en cómo enfrenta una pérdida, en cómo se relaciona con su propio cuerpo que envejece. Transformar no es olvidar ni perdonar —eso es una decisión personal de cada quien— sino poder, por fin, darle nombre a lo que vivió sin nombre durante años, y desde ese nombre, moverse de otra manera.
Esto no ocurre automáticamente. Requiere tiempo, requiere honestidad y, en muchos casos, requiere acompañamiento. Pero ocurre. Y cuando ocurre, algo en el sujeto se mueve: no regresa a ser joven, pero sí recupera algo que parecía perdido: el deseo. El deseo de hacer, de crear, de vincularse, de decir lo que nunca se dijo.
En mi práctica he visto esto suceder de maneras que todavía me sorprenden. Una mujer de ochenta y dos años que retomó la pintura que había abandonado al casarse, cincuenta años antes. Un hombre de setenta y ocho que por primera vez en su vida pudo decirle a su hijo que lo quería, después de décadas de silencio entre ellos. Una señora que llegó devastada por la muerte de su esposo y que, dos años después, me contó que por primera vez en su vida se sentía, curiosamente, más ella misma.
¿Qué pasa en esos casos? Pasa que la vejez, con todo lo que trae —las pérdidas, la fragilidad del cuerpo, la proximidad de la muerte— también crea condiciones que en otras etapas de la vida no existían. El tiempo ya no se gasta en demostrar nada. La mirada de los demás pesa menos. Las urgencias del trabajo y de la crianza ceden. Y en ese espacio que se abre aparecen, a veces con una nitidez sorprendente, cosas que habían estado esperando en silencio durante décadas: un deseo postergado, una verdad que nunca se dijo, una conversación que se dejó pendiente demasiado tiempo. La vejez no las inventa. Las descongela. Y cuando alguien tiene un espacio donde poder habitarlas sin prisa y sin juicio, algo se transforma. No de manera espectacular —no se trata de revelaciones drásticas— sino de esa manera silenciosa y sólida en que cambian las cosas que de verdad importan.
Hay algo más que quiero decir, porque me parece importante y pocas veces se habla de ello: la vejez no solo convoca la historia de uno. También convoca la historia de quienes nos precedieron. Muchas de las angustias que una persona mayor trae a la consulta no son solo suyas: son herencias. Maneras de relacionarse con el dolor, con la dependencia, con la muerte, que se aprendieron de los padres, que ellos aprendieron de los suyos, y que nadie, en ninguna generación, tuvo la oportunidad de poner en palabras.
La vejez puede ser el momento en que esa cadena se interrumpe. En que lo que se transmitió sin nombre encuentra, por fin, un nombre. Y eso no solo transforma a quien lo vive: transforma también lo que les dejamos a quienes vienen después.
Quiero terminar con algo que le digo con frecuencia a quienes dudan en buscar ayuda psicológica a una edad avanzada: el inconsciente no tiene fecha de vencimiento. La capacidad de cambiar, de elaborar, de sanar —en la medida en que eso es posible— no desaparece con los años. Lo que sí puede desaparecer es el tiempo para hacerlo. Y eso, paradójicamente, puede ser la mejor razón para empezar.
Envejecer no es rendirse. Es, para quienes pueden habitarlo con honestidad y con acompañamiento, una de las aventuras más profundas que la vida ofrece. Las cicatrices que el tiempo deja en el cuerpo y en el alma no son solo marcas de lo que se perdió. Son también la escritura de una historia que todavía, mientras se vive, puede seguir siendo escrita.
Contacto de la especialista:
Dra. Delia M. Hinojosa Amavizca
Psicoanalista
Asociación Psicoanalítica Mexicana



