TRAYECTORIAS

Don Jesús Trejo: 90 años de experiencia y sigue de pie en el campo

Dicen los que saben de números que la vejez es una cuenta regresiva, una acumulación de ausencias y un cuerpo cansado que pide permiso para sentarse. Pero las estadísticas suelen equivocarse cuando se camina por la tierra caliente de Morelos. A sus 89 años, Don Jesús no es el desenlace de una historia; es un hombre que sigue sembrando el principio de su día a las seis de la mañana, antes de que el sol termine de estirar sus rayos sobre El Higuerón, la comunidad en la que vive.

07 June 2026 · TRAYECTORIAS

Don Jesús Trejo: 90 años de experiencia y sigue de pie en el campo

Jojutla, Morelos - Dicen los que saben de números que la vejez es una cuenta regresiva, una acumulación de ausencias y un cuerpo cansado que pide permiso para sentarse. Pero las estadísticas suelen equivocarse cuando se camina por la tierra caliente de Morelos. A sus 89 años, Don Jesús no es el desenlace de una historia; es un hombre que sigue sembrando el principio de su día a las seis de la mañana, antes de que el sol termine de estirar sus rayos sobre El Higuerón, la comunidad en la que vive.

Llegar a las nueve décadas sin haber pisado jamás un hospital suena a milagro en estos tiempos. Sin embargo, para él no hay misterio, sino una receta simple: mantenerse en movimiento y no dejar que la mente se vuelva perezosa. Tras trabajar más de tres décadas en el emblemático Ingenio Azucarero de Zacatepec, a donde llegó con apenas 19 años, el calor y el vapor de la caña templaron su carácter, Don Jesús demuestra que los años no son una carga que dobla la espalda, sino un cúmulo de saberes que se comparte alrededor de la mesa familiar.

Hoy vive en su casa de siempre junto a Perfecta, su esposa de 83 años. No necesitan que nadie les cuide el paso; se cuidan el uno al otro con la complicidad de quienes han visto pasar la vida entera por la misma ventana.

 

La escuela del ingenio y la tierra

¿De verdad nunca le han hecho una cirugía, Don Jesús? Mire que a su edad ya es raro no tener ni un dolor que presumir.

(Se ríe con una risa franca, de esas que raspan la garganta) ¡Qué esperanzas! Mire mis manos, están duras como el tronco de un guayabo. A mí los doctores me conocen nomás de vista, o de acompañante con mi esposa.

El secreto está en que nunca me quedé sentado esperando la muerte.

En el Ingenio de Zacatepec trabajé 32 años seguidos. Ahí el que se atonta, se lo lleva la máquina. Había que estar vivo, atento al silbato, cargando, moviendo el azúcar. Ese calor te saca las toxinas del cuerpo, te funde el alma para que aguantes lo que venga.

Pero el cuerpo cobra factura. Cuando se jubiló del ingenio, bien pudo quedarse a descansar en la mecedora.

¿Y volverme loco? No. Y no, no me jubilé. Me jubilaron en el 94 cuando vendieron el Ingenio. No solo a mí. A toda la palomilla que trabajábamos ahí. Pero fíjate… el día que un hombre de campo se sienta a ver la televisión todo el día, ese día empieza a oler a tierra, pero de la mala. Cuando salí del Ingenio, agarré lo poquito que me dieron, construí con mis propias manos un cuartito aquí en la casa y compré una rostizadora… ah, y nunca dejé mi tierra. Esa siempre ha estado conmigo. Ahí tengo mi maíz, mis arbolitos de limones, papayas, ciruelas… lo que vaya sembrando. Aunque he de reconocer que no todo se me da. Por ejemplo, la calabaza nomás no se me hace...

La tierra es agradecida: si tú le das sudor, ella te regresa vida. Yo todavía me aviento mi buena jornada.

A veces mis hijos me dicen: "Ya papá, ya vendemos ese pedazo", y yo les digo: llegará el día, pero por ahora no, todavía quiero ir a la casita y cuidar mis árboles.

El ímpetu de Don Jesús explica mucho de su salud de roble. La geriatría moderna insiste en que el aislamiento y la inactividad son los verdaderos enemigos de la longevidad. Su mente es un archivo vivo: todavía recuerda las historias que le contaba su padre de cuando veían pasar al general Emiliano Zapata a caballo por las calles de Jojutla. La gente del pueblo lo conoce bien: después de los 32 años en el Ingenio, y su rosticería (que no funcionó), se dedicó a la fontanería, un oficio que aprendió muy chico. Su honradez lo llevó a que el propio pueblo lo propusiera para, sin recibir paga alguna, llevará la administración del servicio de agua. No estudió para eso, pero era el más astuto para esa tarea. 

Su palabra todavía pesa porque se la ha ganado a pulso. El estar en la Iglesia (de El Higuerón y de otros pueblos) también le ha ayudado a que todos lo conozcan. Es de los pocos “ancianos” (como se llaman con respeto entre ellos) que quedan en la Iglesia.

 

El hogar de dos y la mesa de todos

La implicación más profunda de su estilo de vida es la autonomía. Existe el prejuicio de que los ancianos son sinónimo de dependencia, una responsabilidad que los hijos deben turnarse como un deber pesado. Don Jesús y su esposa Perfecta rompen el molde: su hogar es un territorio independiente, un santuario de libertad donde ellos dictan las reglas del día. Ellos deciden a qué hora se despiertan (cuando no van a la casita del campo), a qué hora desayunan, comen o sacan sus sillas para platicar con los vecinos y disfrutar del aire que se siente en las calles del pueblo.

 

Mucha gente piensa que llegar a los 90 es quedarse solo o convertirse en una carga para la familia. Ustedes viven solitos, ¿cómo le hacen?

Mire, la vejez no es una enfermedad, es un privilegio. Perfe y yo estamos viejos, sí, pero no tullidos.

Ella hace sus quehaceres, yo la llevo a traer el mandado y vamos a la casita a regar los árboles o a que nos dé el aire fresco que por allá se siente más. No somos carga de nadie. Mis hijos viven su vida; dos viven en México (en referencia al Estado de México) y la otra vive aquí en el pueblo, pero con su familia, en su casa. Pero la casa siempre está abierta para toda la familia, para mis nietos y mis bisnietos. Para todo el que nos quiera visitar. Cuando hay reuniones, la casa se llena de vida… y de ruido.

Y ¿qué se siente ver a tantas generaciones juntas? Debe ser como ver un árbol que uno mismo sembró.

Es lo más bonito que Dios nos ha dado. Cuando nos reunimos, por lo regular en el cumpleaños de Perfe, en nuestro aniversario de bodas o en mi cumpleaños, yo me siento y nomás los escucho (aunque realmente se sienta a grabar con su tablet. Don Jesús a sus 89 años es muy tecnológico). A los nietos les gusta oír las historias de cuando El Higuerón era puro monte.

La vejez sirve para eso: para ser el mapa de los que apenas van caminando.

 

El valor de los años sabios

El valor de Don Jesús no radica únicamente en su resistencia física, sino en su capacidad para resignificar la última etapa de la vida. En un mundo que rinde culto a la juventud, el viejo del pueblo se convierte en un faro. Él no es el pasado; es el hilo conductor que le da sentido al presente de su comunidad. Es uno de los pocos ancianos del pueblo. Sabe historias que en muchas casas ya no se cuentan, sobre todo después de que la pandemia de COVID-19 pegara tan duro en El Higuerón, llevándose a vecinos y familiares. Él y su esposa resistieron invictos, cuidándose, pero sin perder las ganas.

Al verlo platicar, uno entiende que estar sano no es tener menos años en el acta de nacimiento, sino tener motivos para levantarse por la mañana. Mientras camina entre sus surcos de maíz, revisando que la milpa crezca derecha, el señor Jesús ya está pensando en la siguiente siembra, con las mismas ganas que tenía cuando era un muchacho.

Don Jesús, ya para cerrar y dejar que se vaya a regar sus árboles... Si pudiera darle un consejo a la gente que le tiene miedo a envejecer, ¿qué le diría? 

Que no le tengan miedo al tiempo, que le tengan miedo a la flojera. Los años te quitan la fuerza de las piernas, pero te dan ojos limpios para ver la vida.

Llegar a viejo con tu esposa, ver crecer a tus hijos y poder contarle a un bisnieto cómo se siembra la tierra... eso no es una carga. Eso es haber ganado el partido (Don Jesús fue entrenador de equipos locales de fútbol). Yo miro al cielo todos los días y le doy gracias al Dios. No le pido más años, nomás le pido que los días que me queden, me encuentre despierto, activo y parado sobre mi propia tierra.

Al despedirse, Don Jesús da un apretón de manos firme, de esos que dejan la marca del trabajo honrado. Se da la vuelta con paso lento pero seguro, buscando la sombra de su papayo. A unos meses de cumplir los noventa, este roble de El Higuerón demuestra que la vida no se mide por los años que se acumulan, sino por la dignidad con la que se caminan.

Notas relacionadas