Del suicidio en las personas mayores casi no hablamos, y habría que empezar a hacerlo
10 de septiembre - Día Mundial para la Prevención del Suicidio
He escrito varias veces sobre adolescentes y suicidio. Cuando un joven dice que ya no quiere vivir, la reacción suele ser inmediata: la familia se alarma, busca ayuda y trata de entender qué está pasando.
Con las personas mayores sucede algo muy distinto.
Una señora de 80 años puede decir durante la comida: “¿Para qué sigo aquí? Ya nada más estoy estorbando”, y alguien responderá: “Ay, mamá, no diga eso”, mientras le sirve más sopa. Después, la conversación cambia de tema y nadie vuelve a preguntar qué quiso decir.
Llevo años preguntándome por qué ocurre esto. Creo que una de las razones es que hemos decidido que la vejez es triste por naturaleza. Damos por hecho que las pérdidas, el desánimo y la soledad vienen incluidos con los años, como si fueran parte inevitable de envejecer.
Y no lo son.
La depresión no viene incluida en la vejez. Es una enfermedad, puede diagnosticarse y tratarse. Cuando confundimos la depresión con “ya está viejito”, dejamos sin atención a personas que podrían recibir ayuda.
Lo que las cifras no alcanzan a contar
Los datos sobre suicidio en personas mayores nos obligan a mirar con mayor atención. En México, entre los mayores de 75 años, la tasa de suicidio de los hombres es mucho más alta que la de las mujeres. Por cada mujer que muere por suicidio en ese grupo de edad, mueren 24 hombres.
También hay otro dato que me preocupa: entre las personas de 75 años y más que murieron por suicidio, 30.6% eran divorciadas, separadas o viudas. Enviudar no es solamente un dato del acta. Puede convertirse en un factor de riesgo cuando significa perder, además de la pareja, una parte importante de la red de afectos.
Y hay algo que ninguna estadística registra completamente. En la vejez existen formas de “irse apagando” que pueden no identificarse como suicidio: dejar los medicamentos, no acudir a una consulta, cancelar una operación o dejar de comer poco a poco. Quienes trabajamos con personas mayores sabemos que esto ocurre y que muchas familias lo observan sin ponerle nombre.
Cuando las pérdidas se convierten en “ya no valgo”
Envejecer implica pérdidas. Puede morir el esposo o la esposa; pueden irse los amigos; puede terminar el trabajo que durante años dio identidad; puede llegar el momento de dejar la casa propia. También pueden disminuir capacidades que antes parecían naturales: ver, escuchar, caminar, manejar o bañarse sin necesitar ayuda.
Cada una de esas pérdidas necesita un duelo.
Cuando se acumulan y no hay alguien que escuche, el “he perdido muchas cosas” puede convertirse en “yo ya no valgo nada”, “soy un estorbo” o “aquí nada más doy lata”.
Pero la vejez también puede ser un momento de reparación: reconciliarse con la propia historia, perdonar y perdonarse, y poder mirar lo vivido sin idealizarlo ni condenarse por ello. Para que eso ocurra, muchas veces hace falta acompañamiento.
¿Por qué mueren tantos más hombres?
La enorme diferencia entre hombres y mujeres mayores tampoco puede explicarse solamente por la biología.
Muchos hombres de las generaciones que hoy tienen 70 u 80 años aprendieron que su valor estaba en mantener a la familia, decidir, aguantar y no necesitar a nadie. Cuando llega la jubilación, una enfermedad o la viudez, esa forma de entenderse a sí mismos puede quedar completamente desarmada.
Además, muchos nunca aprendieron a pedir ayuda ni construyeron una red afectiva propia. En numerosas familias era la esposa quien mantenía los vínculos con hijos, nietos, amigos y conocidos. Cuando ella muere, el hombre puede quedarse no solamente sin compañera, sino también sin buena parte de su tejido social.
Hay señales que no debemos dejar pasar
Debemos prestar atención cuando una persona mayor dice que es una carga, que ya cumplió o que ya no hace falta. También cuando deja de salir, se aleja de los demás, abandona actividades que antes disfrutaba, deja sus medicamentos, come cada vez menos o comienza a regalar objetos importantes.
Una frase como “ojalá ya no despertara”, aunque se diga en broma, merece ser escuchada.
Y hay algo que podemos hacer de inmediato: preguntar.
Preguntar directamente si ha pensado en quitarse la vida no le siembra la idea ni lo empuja a hacerlo. Al contrario, puede abrir una puerta que lleva mucho tiempo cerrada. Hay personas mayores que están esperando que alguien les pregunte y nadie lo hace.
Darles un lugar también es cuidar
A veces, con la mejor intención, las familias les quitamos a las personas mayores todas las tareas y decisiones “para que descansen”. Pero también necesitan sentir que tienen algo que aportar y algo que decidir.
Preguntarles su opinión, encargarles algo de verdad, escuchar sus recuerdos y reconocer su experiencia son formas de decirles que siguen teniendo un lugar entre nosotros.
Y debemos dejar atrás otra pregunta: “¿A esa edad, para qué terapia?”. Nadie la haría frente a un paciente de 25 años.
Nunca es demasiado tarde para trabajar un duelo, comprender la propia historia o encontrar un nuevo sentido a lo vivido. La capacidad de cambiar y elaborar lo que nos duele no desaparece con la edad.
La vejez no es la sala de espera de la muerte
Cuando una persona mayor muere por suicidio, muchas veces escuchamos explicaciones que parecen suficientes: estaba enfermo, estaba solo, ya era grande.
Yo no lo leo así.
Lo leo como leo el sufrimiento de una persona de 15 o de 40 años: como un dolor que no encontró palabras ni a alguien dispuesto a escuchar.
La vejez no es la sala de espera de la muerte. Es una parte de la vida. Y mientras la vida dura, se sostiene también en el vínculo con los demás.
Por eso necesitamos escuchar más. Tomarnos en serio lo que dicen las personas mayores. Dejar de dar la tristeza por hecha. Y entender que pedir ayuda psicológica nunca tiene una edad límite.
Si existe un riesgo inmediato, hay que acudir a urgencias o llamar al 911. En México también está disponible la Línea de la Vida, 800 911 2000, las 24 horas, todos los días del año.
Dra. Delia Hinojosa de PsicoIntegra



