“¿Y el abuelito cómo está?”
“Que se tome su pastillita la viejita.”
“Pregúntale a su hija, ella sabe.”
Son frases que escuchamos con frecuencia y que, en la mayoría de los casos, se dicen con cariño. Pero ¿alguna vez nos hemos detenido a pensar qué ocurre cuando empezamos a llamar a una persona únicamente por su edad o por el papel que ocupa dentro de una familia?
Porque una persona no deja de ser María, Jorge, Carmen o Roberto cuando se convierte en abuela o abuelo. Tampoco deja de tener gustos, opiniones, proyectos, deseos, historia y capacidad para decidir sobre su propia vida.
La palabra “abuelo”, por ejemplo, no dice quién es una persona. Dice cuál es su relación con alguien más: es el abuelo de determinada persona. Y eso puede ser maravilloso cuando forma parte de un vínculo cercano y afectuoso. El problema aparece cuando esa palabra termina sustituyendo todo lo demás.
Una mujer puede haber sido profesionista, amiga, pareja, madre, viajera, deportista, lectora o muchas cosas más. Un hombre puede haber construido una carrera, tener intereses, amistades, proyectos y una personalidad muy definida. Tener nietos se suma a esa historia; no debería borrarla.
Cuando el cariño se convierte en diminutivo
Con “viejito”, “viejita”, “abuelito” o “abuelita” sucede algo parecido.
Un diminutivo puede ser una expresión genuina de cariño. Entre personas que tienen una relación cercana, puede incluso ser una forma de afecto. Pero cuando se utiliza de manera automática para referirse a cualquier persona mayor, puede transmitir algo muy distinto: que esa persona es frágil, pequeña, dependiente o incluso incapaz de decidir por sí misma.
Pensemos en algo cotidiano. Un adulto mayor entra a una consulta médica y alguien pregunta:
“¿Y qué le pasa al abuelito?”
Quizá esa persona tiene 78 años, fue ingeniero, dirige todavía su negocio, vive solo y tomó durante toda su vida sus propias decisiones. Sin embargo, en ese momento dejó de ser quien es para convertirse simplemente en “el abuelito”.
Y el lenguaje no siempre se queda en las palabras.
Cuando empezamos a pensar en alguien como “el viejito”, también podemos comenzar a decidir por él: hablar en su nombre, no preguntarle directamente qué quiere, asumir que no entiende, que no puede aprender algo nuevo o que necesita que los demás organicen su vida.
Ahí es donde una palabra aparentemente inocente puede convertirse en algo más.
¿Por qué nos cuesta tanto envejecer?
Hay otra razón que quizá resulte incómoda: la vejez también nos confronta con nuestro propio futuro.
Ver a una persona mayor puede recordarnos, aunque no lo pensemos conscientemente, que nosotros también vamos a envejecer. Que el cuerpo cambia. Que hay pérdidas. Que la vida tiene un límite.
Por eso puede resultar más fácil convertir al adulto mayor en alguien “tierno”, “pequeñito” o completamente distinto de nosotros. Si lo vemos como alguien lejano, podemos sentir que aquello que le ocurre no tiene nada que ver con nuestra propia historia.
Pero sí tiene que ver. Todos vamos hacia allá.
Y quizá por eso es importante mirar de otra manera a quienes ya están recorriendo ese camino.
En el caso de las mujeres, esta situación puede ser todavía más evidente.
Durante buena parte de su vida muchas mujeres han sido nombradas en relación con los demás: la hija de, la esposa de, la mamá de. Cuando llegan los nietos, aparece una nueva etiqueta: “la abuelita”.
No hay nada malo en ser abuela. Al contrario, puede ser una de las relaciones más significativas y amorosas de la vida. El problema aparece cuando esa función se convierte en la única identidad que los demás reconocen.
Lo mismo ocurre con los hombres, aunque de otra manera. Alguien que durante décadas fue “el señor García”, director, médico, profesor o empresario, puede pasar de pronto a ser “el viejito de la esquina”. Con ello también puede desaparecer, simbólicamente, buena parte del reconocimiento que construyó durante años.
Empecemos por algo muy sencillo
No se trata de prohibir palabras ni de pensar que cada vez que alguien dice “abuelita” está cometiendo una falta de respeto.
Se trata de preguntar y escuchar.
¿Cómo quiere que lo llamemos esa persona?
¿Le gusta que le digan “abuelita” o prefiere su nombre?
¿Estamos hablando con ella o estamos hablando sobre ella?
¿Le estamos preguntando qué quiere o simplemente estamos decidiendo por ella?
Son preguntas pequeñas, pero pueden hacer una gran diferencia.
Porque envejecer no significa dejar de ser una persona completa. El cabello puede volverse blanco, el cuerpo puede cambiar y quizá haya actividades que ya no podamos hacer como antes, pero seguimos teniendo memoria, deseos, opiniones, curiosidad, capacidad de elegir y una historia que merece ser reconocida.
Tal vez el reto no sea dejar de decir “abuelo”, “abuelita” o incluso “viejito”. Tal vez sea algo mucho más sencillo: no permitir que esas palabras sean lo único que vemos.
Antes de nombrar a alguien por su edad o por la función que cumple para nosotros, podríamos recordar algo elemental: detrás de esa palabra hay una persona con nombre propio, con una vida entera y con derecho a seguir escribiendo su propia historia.



